Escribo estas líneas mientras aún me duelen los pies, tengo la piel quemada por el sol, las piernas con poca sensibilidad, la voz desgarrada y un cansancio que me pide una semana o dos de reposo total.
Vuelvo, de nuevo, de lo que ha sido una de las experiencias
más inolvidables de mi vida, y es que puedo decir que puedo decir que cargo con
otro Viña Rock a las espaldas y espero que no sea el último.
Escribo rápido y quizás incoherentemente por el hecho de que
me llena la emoción y antes de estamparme contra el muro de la realidad me gustaría
terminar esta entrada e intentar transmitir lo que siento a todo aquél que lo
lea.
La aventura comienza con el señor Popy al volante y yo
camino a Villarrobledo, con unas cuantas horitas de viaje por delante y el
coche lleno de aparatejos de camping, comida y mucha ilusión.
Tras un caluroso viaje y ya con ganas de coger una lata de
cerveza fresquita de las que llevábamos atrás en la nevera, llegamos por fin a
nuestro destino y pudimos atisbar lo que nos esperaba al frente. Una fila de
coches y furgonetas infinita tan hasta las trancas como el nuestro a lo largo
de la avenida que rodea el festival se nos aparecía ante nosotros diciéndonos
que íbamos a tener que pasar un rato más en el coche.
A diferencia del año anterior, en el cual tuve que llegar en
tren, con mochilas cargadas de toda la comida de todos los días y sólo con
nuestras tiendas de campaña ante una serie de jornadas de lluvia
ininterrumpida, este año no sólo contábamos con el coche, camping gas y nevera,
sino que además estábamos a punto de reunirnos con los grandísimos
organizadores de lo mejorcito que hay en esta triste ciudad de Béjar, el
Abejarrock (ahí tenéis más información sobre el evento en cuestión: http://festivalabejarock.blogspot.com.es/)
los cuales, más experimentados que nosotros en
estos temas habían traído lo que considero el sueño de cualquier hombre:
una furgoneta (ahora quiero tener una más que nunca).
Todo parecía perfecto, añadiendo el tiempo tan bueno que
tuvimos todos estos días, pero aún hay más pues nos encontrábamos en lo que
podía ser el mejor sitio para acampar: al lado de los conciertos, separados por
una alambrada que, como era previsible, no tardó en caer y, por más que los
señores importantes del festival intentaron mantenerla cerrada una y otra vez,
esta se doblegaba ante el sentido común de ¡NO ME SALE DE LOS HUEVOS DAR UNA
VUELTA DE 500 METROS PARA LLEGAR A UN SITIO QUE ESTÁ DELANTE DE MÍ!.
Bueno, continúo aunque debo avisar que en el mismo momento
en que mi quechua verde tocó el suelo el paso del tiempo empezó a ser difuso.
El primer día se nos ponía por delante y podíamos saborear el ambiente. La
libertad corría por nuestras venas y sabíamos que las leyes y las normas tenían
poco que opinar en aquél momento, los convencionalismos sucumbían ante la
diversidad y la locura. La música comenzaba a sonar en los alrededores (causando
que en un futuro no demasiado lejano muchos coches tuvieran que arrancar con
pinzas el día de la partida), la cerveza a salir de las neveras, el acto
introductorio comenzaba y esto nos llevaba a terrenos del camping (pues
nosotros nos encontrábamos en el parking donde supuestamente no se podía
acampar), donde los señores de Red Bull habían montado un bus-escenario donde
tocarían varios grupos de carácter bailongo para ir calentando el ambiente,
algo innecesario para nosotros que arrancábamos con energía aquél día.
No puedo contar mucho de aquellos
conciertos, pues no les presté demasiada atención ya que no es precisamente un
género que me agrade demasiado. He de nombrar, sin embargo a Tomasito,
personaje que nos serviría para futuros chascarrillos, ya que, a parte de ser
bastante ridículo por sí mismo en mi opinión, uno de nosotros tuvo la
genialísima idea de quedarnos a verlo, que era muy bueno y muy conocido y no sé
qué más. Y dicho esto, en cuanto empezó el concierto, dicha persona desapareció
y no dejándonos al señor este como música de fondo en nuestra conversación regada
de cerveza y buena compañía.
He de decir que el hombre, como
buen verbenero levantaba a la gente y la hacía bailar, demasiado flojo para mi gusto
pero, al fin y al cabo conseguía lo que quería y por eso le respetaba. Todo
estaba bien hasta que el señorito tuvo la genialísima idea de tocar, tras haberse
quedado en calzoncillos, una versión en flamenquito del gran temazo de AC/DC,
Back in Black, canción de luto hacia Bon Scott, antiguo cantante que murió
ahogado en su propio vómito como un gran rockero y siempre tendrá mis respetos
por la fuerza y el estilo de su voz.
Esta canción desató en mí una
furia que no pude contener, ¿CÓMO SE ATREVE A PISOTEAR TAL OBRA? MERECE MORIR
DE FORMA DOLOROSA Y RIDÍCULA.
Toda esta situación me hizo
odiarle durante el resto del festival.
Y con esto y tras decidir que la
cerveza que teníamos en nuestros aposentos era más barata que la que ponían allí,
pusimos marcha hacia allí, donde pudimos conocer a nuestros vecinos: Pajarillo
y Mantequilla con quien pudimos amenizar la velada a golpe de guitarra española
con grandes temas como “Bear Bear” y “Mantequilla, Mantequilla, unta la panceta
con mantequilla” consiguiendo que el resto de vecinos, ansiosos por poder descansar
para el duro día que nos esperaba a continuación nos odiaran a muerte por el
resto del festival.
Y tras percatarnos de lo que
podría suponer nuestra muerte durante la noche decidimos que lo mejor sería
descansar, pues al día siguiente nos esperaba, aparte de grandes conciertos,
una auténtica batalla campal por conseguir provisiones.
Pero eso será en otro momento,
pues mi cuerpo, mi mente y mi delicado corasón me piden un descanso de tanta
emoción y creo que les daré el gusto.
Continuará con Parte 2: El
Mercadona Sucumbe.

No hay comentarios:
Publicar un comentario