domingo, 5 de mayo de 2013

Relatos Efímeros de un Viña Rock. Parte 1: Rompiendo las cadenas.


Escribo estas líneas mientras aún me duelen los pies, tengo la piel quemada por el sol, las piernas con poca sensibilidad, la voz desgarrada y un cansancio que me pide una semana o dos de reposo total.
Vuelvo, de nuevo, de lo que ha sido una de las experiencias más inolvidables de mi vida, y es que puedo decir que puedo decir que cargo con otro Viña Rock a las espaldas y espero que no sea el último.
Escribo rápido y quizás incoherentemente por el hecho de que me llena la emoción y antes de estamparme contra el muro de la realidad me gustaría terminar esta entrada e intentar transmitir lo que siento a todo aquél que lo lea.

La aventura comienza con el señor Popy al volante y yo camino a Villarrobledo, con unas cuantas horitas de viaje por delante y el coche lleno de aparatejos de camping, comida y mucha ilusión.

Tras un caluroso viaje y ya con ganas de coger una lata de cerveza fresquita de las que llevábamos atrás en la nevera, llegamos por fin a nuestro destino y pudimos atisbar lo que nos esperaba al frente. Una fila de coches y furgonetas infinita tan hasta las trancas como el nuestro a lo largo de la avenida que rodea el festival se nos aparecía ante nosotros diciéndonos que íbamos a tener que pasar un rato más en el coche.



A diferencia del año anterior, en el cual tuve que llegar en tren, con mochilas cargadas de toda la comida de todos los días y sólo con nuestras tiendas de campaña ante una serie de jornadas de lluvia ininterrumpida, este año no sólo contábamos con el coche, camping gas y nevera, sino que además estábamos a punto de reunirnos con los grandísimos organizadores de lo mejorcito que hay en esta triste ciudad de Béjar, el Abejarrock (ahí tenéis más información sobre el evento en cuestión: http://festivalabejarock.blogspot.com.es/) los cuales, más experimentados que nosotros en  estos temas habían traído lo que considero el sueño de cualquier hombre: una furgoneta (ahora quiero tener una más que nunca).

Todo parecía perfecto, añadiendo el tiempo tan bueno que tuvimos todos estos días, pero aún hay más pues nos encontrábamos en lo que podía ser el mejor sitio para acampar: al lado de los conciertos, separados por una alambrada que, como era previsible, no tardó en caer y, por más que los señores importantes del festival intentaron mantenerla cerrada una y otra vez, esta se doblegaba ante el sentido común de ¡NO ME SALE DE LOS HUEVOS DAR UNA VUELTA DE 500 METROS PARA LLEGAR A UN SITIO QUE ESTÁ DELANTE DE MÍ!.

Bueno, continúo aunque debo avisar que en el mismo momento en que mi quechua verde tocó el suelo el paso del tiempo empezó a ser difuso. El primer día se nos ponía por delante y podíamos saborear el ambiente. La libertad corría por nuestras venas y sabíamos que las leyes y las normas tenían poco que opinar en aquél momento, los convencionalismos sucumbían ante la diversidad y la locura. La música comenzaba a sonar en los alrededores (causando que en un futuro no demasiado lejano muchos coches tuvieran que arrancar con pinzas el día de la partida), la cerveza a salir de las neveras, el acto introductorio comenzaba y esto nos llevaba a terrenos del camping (pues nosotros nos encontrábamos en el parking donde supuestamente no se podía acampar), donde los señores de Red Bull habían montado un bus-escenario donde tocarían varios grupos de carácter bailongo para ir calentando el ambiente, algo innecesario para nosotros que arrancábamos con energía aquél día.

No puedo contar mucho de aquellos conciertos, pues no les presté demasiada atención ya que no es precisamente un género que me agrade demasiado. He de nombrar, sin embargo a Tomasito, personaje que nos serviría para futuros chascarrillos, ya que, a parte de ser bastante ridículo por sí mismo en mi opinión, uno de nosotros tuvo la genialísima idea de quedarnos a verlo, que era muy bueno y muy conocido y no sé qué más. Y dicho esto, en cuanto empezó el concierto, dicha persona desapareció y no dejándonos al señor este como música de fondo en nuestra conversación regada de cerveza y buena compañía.
He de decir que el hombre, como buen verbenero levantaba a la gente y la hacía bailar, demasiado flojo para mi gusto pero, al fin y al cabo conseguía lo que quería y por eso le respetaba. Todo estaba bien hasta que el señorito tuvo la genialísima idea de tocar, tras haberse quedado en calzoncillos, una versión en flamenquito del gran temazo de AC/DC, Back in Black, canción de luto hacia Bon Scott, antiguo cantante que murió ahogado en su propio vómito como un gran rockero y siempre tendrá mis respetos por la fuerza y el estilo de su voz.



Esta canción desató en mí una furia que no pude contener, ¿CÓMO SE ATREVE A PISOTEAR TAL OBRA? MERECE MORIR DE FORMA DOLOROSA Y RIDÍCULA.
Toda esta situación me hizo odiarle durante el resto del festival.

Y con esto y tras decidir que la cerveza que teníamos en nuestros aposentos era más barata que la que ponían allí, pusimos marcha hacia allí, donde pudimos conocer a nuestros vecinos: Pajarillo y Mantequilla con quien pudimos amenizar la velada a golpe de guitarra española con grandes temas como “Bear Bear” y “Mantequilla, Mantequilla, unta la panceta con mantequilla” consiguiendo que el resto de vecinos, ansiosos por poder descansar para el duro día que nos esperaba a continuación nos odiaran a muerte por el resto del festival.

Y tras percatarnos de lo que podría suponer nuestra muerte durante la noche decidimos que lo mejor sería descansar, pues al día siguiente nos esperaba, aparte de grandes conciertos, una auténtica batalla campal por conseguir provisiones.
Pero eso será en otro momento, pues mi cuerpo, mi mente y mi delicado corasón me piden un descanso de tanta emoción y creo que les daré el gusto.

Continuará con Parte 2: El Mercadona Sucumbe.

No hay comentarios:

Publicar un comentario