Apenas unos minutos antes había salido de aquel bar de mala
muerte donde sólo quedan los fracasados como él y estaba lo suficientemente
para olvidarse de dónde había dejado aquel carromato con motor a los que
algunos llamarían coche. El alcohol sin embargo lo arropaba evitándole pasar el
frío de aquella noche de invierno, no pudiendo decir lo mismo de su ya
desgastada chaqueta tejana.
Empezó a llover fuertemente, una lluvia fría que para
cualquier mortal caería como cuchillas haciéndoles entrar en pánico en busca de
un sitio donde resguardarse. Pero él ahora no era como el resto de los
mortales. El alcohol le evitaba el frío y silenciaba su sentido común. La
lluvia helada terminaba siendo algo más parecido a una caricia.
Comenzó a caminar, lentamente, dejando que la lluvia lo
acompañara, conversando con el ruido de las gotas al caer sobre la acera y
dejando que le aclarara lentamente las ideas.
Su destino era aquel piso pequeño con una cama y poco más al
que a veces se atrevía de llamar su casa y que, a pesar de ser tan pequeño, por
las noches se hacía extremadamente grande, vacío, silencioso…
Continuó su solitaria caminata lentamente, intentando
retrasar su llegada, la lluvia era mejor acompañante que el vacío de aquel
lugar. Mejor debería… mejor debería desviarse, sí, desviarse y sumergirse en
las calles en otro momento bulliciosas y ahora abandonadas a su suerte, casi
como él.
Iba demasiado sumido en sus penosos e incongruentes
pensamientos cuando de repente se encontró tirado en el suelo, con un fuerte
dolor de cabeza. Al principio pensó que se había mareado y caído, no era la
primera vez. Luego se dio cuenta de que había algo pesado sobre él. Esa cosa
era un hombre. Un hombre elegante, la verdad, vestido con un traje oscuro que
parecía caro.
Entonces supo que había sido atacado por alguna razón. Si aquel
inútil quería dinero lo iba a tener crudo, pues había gastado hasta el último
céntimo en el bar, pero él sabía que no, no era dinero lo que quería, sus ojos
le decían algo diferente.
Sus ojos estaban extremadamente abiertos y parecía que se le
iban a salir. Se podría pensar en un principio que era algún esquizofrénico o
enfermo mental, pero no. Su respiración era lenta casi tranquilizadora. Sus
ojos no eran de obsesión más de curiosidad. Pero, ¿de curiosidad de qué?
Fue entonces cuando lo notó. El sabor metálico de la punta
de la pistola añadido al olor de la pólvora que indicaba que había sido
disparada recientemente era curiosamente agradable en aquel momento, parecía
que aquello iba a convertirse en breves en su última comida.
Por alguna razón se sentía decepcionado. Pensaba que en el
momento antes de su muerte, por el instinto de supervivencia encontraría su
última razón por la que vivir, un chute de adrenalina que lo hiciera levantarse
e intentar huir, pero no.
Puede que fuera el alcohol, o el golpe en la cabeza que
hacía que le palpitara demasiado fuerte pero sintió que no debía irse de ahí.
En aquel momento podría afirmar que no había lugar más tranquilo en el mundo.
El olor de la muerte le daba al mundo el toque de cordura que nunca logró
encontrar en toda su vida y el tipo que se encontraba encima de él con sus ojos
horriblemente desorbitados se convertía prácticamente en un amigo de la
infancia.
Y así tirado en el suelo mojado de lluvia y probablemente de
sangre del golpe de su cabeza, comenzó a reír tranquilamente, como aquél que ríe
embriagado por la cálida felicidad de una alegre rutina familiar.
La expresión del tipo de arriba no cambió, pero algo sí
había cambiado en él, pues lentamente sacó la pistola de su boca, se levantó y
se fue, abandonándolo a su suerte.
Parece que aquella noche, el asfalto mojado sería su colchón
y la lluvia sus sábanas. Pensó que era una lástima tener que levantarse al día
siguiente para seguir perdido cuando había llegado a atisbar tan claramente la
salida.