Bueno, ha pasado un día ya entre rutina y civilización desde
que llegué del Viña y la emoción no es la misma. De hecho, creo que estoy
sufriendo un síndrome postvacacional brutal y estoy viendo que me va a costar
bastante volver de nuevo a la vida de siempre sin pasar por unas cuantas
depresiones.
Pero no pasa nada, los recuerdos son míos y sólo el alzhéimer
y la cerveza podrán arrebatármelos; y como me he comprometido a relatar mi
experiencia me dispongo a contar lo que supuso el segundo día de esta
grandísima experiencia.
En primer lugar, dar mi pésame a la familia y amigos del
chaval de 25 años que murió el último día en el festival por una parada
cardiorrespiratoria, si no me he informado mal, durante el concierto de Ska-P.
Espero que al menos muriera feliz.
Y a lo que iba. Comienza el segundo día, a jueves 2 de mayo,
con un desayuno a base de jamón y tomate y, por qué no, alguna que otra
cerveza. El sol empezaba a pegar fuerte y las nubes quedaban lejos en el
horizonte. Lo cierto es que no era el día más fuerte en cuanto a grupos, pero
era el primero y el sólo hecho de que se abrieran las puertas del recinto ya
era suficiente para emocionarme.
Ante los fuertes rayos del sol nos pudimos dar cuenta de que
la noche anterior había sido más larga de lo que habíamos podido planear y se
cobraba factura de nuestros cuerpos, pero nada que no pudiéramos superar con un
poco de fuerza de voluntad y un buen remojón de cara.
Cuando por fin conseguimos quitarnos las legañas nos pudimos
percatar que nuestras reservas de comida no eran precisamente excesivas a no
ser que esperáramos alimentarnos a base de patatas fritas y ganchitos lo cual
no sonaba como una mala alternativa. Sin embargo, a pesar de nuestro cansancio
y por hacer pasar el tiempo hasta las horas interesantes decidimos ir a visitar
las zonas del camping por echar un vistazo a los 61.000 viñarroqueros que
éramos y de paso ya pasarnos por el Mercadona a conseguir provisiones.
La primera parte de nuestra misión la conseguimos bastante
rápido, pues en cuanto salimos de la zona del parking y nos encontramos de cara
con los puestos de mercadillo, la gente subiendo y bajando por la calle
principal, puestos en las casas donde te dejaban ducharte, te daban café o
cerveza, puestos de comida y, por supuesto, un mar infinito de tiendas de
campaña y de gente. Tuve la oportunidad, además de poder observar mi sitio del
año pasado que, gracias al estar al lado de una regadera y la genialidad del
señor Peralo de coger un zacho pequeño para hacer una canalización, no tuvimos
que dormir en un lago de barro.
Nostalgia aparte nos dispusimos a coger provisiones
inocentes de nosotros sin saber la que se nos venía encima. Además, llegados a
este punto debo aclarar una cosa. Villarrobledo es un pueblo muy grande, pero
sigue siendo un pueblo y además es siempre igual. Me recuerda a los videojuegos
antiguos donde los escenarios eran siempre el mismo cruce y lo copiaban y
pegaban una y mil veces haciéndolo enorme, monótono y un auténtico laberinto.
Por otro lado, yo el año pasado sí que hice varias
expediciones al mercadona, pero dado la naturaleza monótona del pueblo, dichas
excursiones eran básicamente tirar para adelante y rezar para poder encontrarme
con algo conocido que me llevara al mercadona.
Por alguna razón, y no entiendo muy bien por qué, debo
inspirar cierta confianza o algo, la gente confió en mí para que, repitiendo
mis experiencias pasadas los guiara hasta el mercadona, a pesar de que les
informé de que yo estaba tan perdido o más que ellos.
Por suerte no era difícil encontrar el camino correcto,
pues, como preludio de lo que nos esperaba más adelante, un río de gente fluía
en dirección hacia el supermercado, ansiosos por conseguir comida y bebida que,
en un alarde de inteligencia para poder ahorrar peso y espacio en el coche
habíamos decidido comprar en el lugar.
El río nos arrastraba hacia nuestro destino seguro, sin
embargo, eso no evitaba el largo camino que supone llegar hasta allí pues, tal
como dije antes, Villarrobledo es un pueblo muy muy grande y el sol y el
cansancio del día anterior no ayudaban demasiado. Sin embargo, y en contra de
toda posible predicción llegamos sanos y salvos al querido supermercado.
Todo estaba resuelto, tan sólo debíamos coger varios
paquetes de macarrones, un poco de cerveza y algo de fruta, era una sencilla
tarea que no nos hubiera costado nada de no ser por la que se nos venía encima.
Obviamente el sol no nos había permitido deducir la
evidencia. Un montón de gente se dirigía hacia el mercadona. Un montón de gente
en busca de comida y bebida. Un montón de gente que si no había allí 10000
personas no había ninguna.
Parecía que algún grupo se hubiera adelantado y hubiera
decidido empezar a tocar en el mercadona pues nos encontramos a la entrada un
mogollón de gente y un segurata dando voces con la cara más roja que un tomate
muy muy rojo diciéndonos que se había superado el aforo del local y que
debíamos esperar a que saliera gente por eso de tener que respirar y tal.
Y el hombre no exageraba. Las colas de las cajas se
extendían hasta el horizonte y la gente, armada con cajas de las de los palés,
intentaba apropiarse de lo que podían, pues la libertad de movimiento y visión
eran nulas. Ante este panorama decidimos dividirnos y trabajar en equipo: unos
se dedicarían a hacer cola mientras otros, en los que me incluía iríamos a
coger las cosas.
Al cabo de 10 minutos y tras no poder encontrar unos míseros
macarrones decidimos que estábamos tratando de hacer un imposible y que íbamos a
tardar menos buscando algún otro sitio.
Cuando logramos salir, que no fue tarea fácil, nos pusimos
en contacto con el otro grupo y cuando por fin nos reunimos, nos enteramos de
la otra parte de la historia. Ellos habían seguido desde el inicio de la caja
para poder encontrar el final de la cola hasta que se dieron cuenta que ya no
había cola, pues todas las colas se juntaban en una masa informe de gente
esperando a ser atendida.
En definitiva, una pesadilla bastante surrealista digna de
mencionar. Por suerte, esto no fue el fin del mundo, pues pude recordar una
pequeña tienda de ultramarinos que se encontraba en el centro al que pudimos
llegar gracias a la ayuda de unas mujeres indígenas a las que les agradecemos
de todo corazón el poder haber comido y bebido esos días.
La tienda en cuestión se llamaba “La tienda de correos”
porque, como podéis imaginar, Correos estaba al lado. De la tiendecita puedo
decir que el dueño estaba totalmente hiperactivo y cobrando a una velocidad de
vértigo a la masa de viñarrockeros greñudos que habían invadido su tienda en
defecto del mercadona, viñarrockeros que pedían whisky antes que la carne
picada. Por otro lado, la decepción se apoderó de mí por otra parte ya que ni
tenían caldito ni pillamos la cuchara que sopla sola de pastas gallo, un grandísimo
fallo. ¿Era necesaria? Vale, no. Pero, ¿acaso no es el sueño de cualquier
hombre que se la soplen? La sopa digo. (Ba dum tssss).
En fin, continúo que con tantas historias se me va la pinza
y al final me da que no llego ni a los conciertos que es al fin y al cabo a lo
que íbamos desde el principio.
La vuelta hacia la tienda fue más sencilla gracias a que
ahora seguíamos a Belloso en vez de a mí, el cual, menos mal, tiene un sentido
de orientación mucho mejor que el mío y llegamos pronto a la zona donde
habíamos acampado.
Debo acordarme de dar las gracias a los vecinos, los cuales
tenían una bandera republicana alzada a lo alto que nos sirvió de referencia
para ubicarnos más allá de: “Quedamos en la quechua verde”.

Y por fin pudimos comer y con esto llegó la modorra y varios
intentos de dormir en tiendas-horno y algunos con más suerte y gracias al fruto
de su trabajo en una furgoneta con cama y aisladas térmicamente. Esto hasta que
llegaron los últimos a los que esperábamos, unos amigos que no se decidieron a
venir hasta última hora y encima deciden venir el jueves en vez del miércoles,
perdiéndose el día anterior.
Sin embargo, tras que consiguieran llegar, pues se perdieron
entre las calles infernales de Villarrobledo, supuso un soplo de aire fresco a
nuestra modorra y empezamos a animarnos.
La hora de los conciertos se acercaba, ya estábamos todos y
tras unas cuantas bromas sobre la hora en que tocaba Reincidentes (grupo que
precisamente no estaba en el cartel) nos dirigimos hacia allá encontrándonos
que afortunadamente habían abierto la valla que nos separaba de nuestro destino
evitándonos dar una vuelta kilométrica.
Pronto nos dimos cuenta que la seguridad de la entrada se había
incrementado desde el año pasado, llegando a registros abusivos y estrictas
normas de entrada que terminaban reduciéndose nada más que al alcohol pues,
como pudimos ver más adelante, la gente llegó a encender bengalas en el
concierto de Ska-P, por supuesto bastante más peligroso que la lata de cerveza
que estas a punto de terminarte. Las más afectadas en este caso fueron las
chicas, que contábamos con dos en nuestro grupo, a las que por lo visto
registraron muy muy a fondo, si podéis entenderme.
Quitando todo esto, pudimos celebrar la bajada de 6 a 5
euros de los litros de cerveza, como no, comprando y bebiendo cerveza,
calentando para los conciertos que nos quedaban por delante.
Llegamos con Riot Propaganda, o la unión de Los Chikos del Maíz
y los Habeas Corpus, y me pude acordar de mis colegas que me acompañaron el año
pasado que son grandes fans suyos. He de decir, que aunque no me va demasiado
el rollo hip-hop y, aunque al juntarse con Habeas Corpus le daban un toque de
rock, me dejaron un buen sabor de boca aunque al final quizás resultaran un
poco monótonos para mi gusto. Resaltar el “Bailaré Sobre tu Tumba” de Siniestro Total que tocaron en honor de Margaret Tathcher con el que todo el mundo se revolucionó.
Pudimos ver a otros grupos como Hora Zulú, El Canijo de
Jerez el cual tocó unas cuantas de esas canciones del disco rayado de Los Delincuentes
que el señor Iván me lleva poniendo durante años cuando voy en su coche y entre
medias tuvimos un tiempo para pasarnos por las tiendas y coger fuerzas para los
que llevábamos esperando todo el día: Boikot.
Aun así he de decir que hubo alguna vez que temí por mi vida
por tener que atarme las zapatillas, pues unos cordones desatados sí que podían
producir la muerte en aquel momento.
Cuando el concierto terminó conseguimos, milagrosamente
encontrarnos los tres e intentar salir de aquella batalla campal, magullados
por todas partes, sí, pero felices, cansados y felices.
Esa era la sensación que buscaba. El caos y la adrenalina recorrían
mis venas, los pies me dolían de saltar, las costillas de recibir empujones y
algún que otro codazo, los codos de una vez que caí al suelo (recogiéndome
entre tres personas casi instantáneamente)… caos y libertad… felicidad.
Por lo demás, tocaba La Pegatina, un grupo que conocí el año
pasado, muy muy verbenero, pero que está de moda y la gente entra al juego
poniéndose pegatinas en la cara y bailando canciones de manolo escobar a un
pseudoritmo de ska.
Había sido un día largo y al día siguiente nos esperaba uno
más largo aún, así que viendo el panorama decidimos que lo mejor que podíamos
hacer era clausurar el día con una rica cerveza y dormir.
Al día siguiente nos esperaban grandes grupos: Malos Vicios,
Disidencia, Trashtucada para algunos, Vita Imana para otros, Segismundo
Toxicómano, Toteking para algunos, WarCry para otros y la banda cover de
Extremo: Iros Todos a Tomar Por Culo.
Y esto nos animó a acostarnos pronto para mañana poder coger
el día con energía y ganas. Como ahora mismo, que según escribo las líneas se
me cierran los ojos, pues aún me dura el cansancio del festival y la rutina me
parece de lo más insoportable así que hay que dormir bien.
Continuará con la Parte 3: Somos Cultura.


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