Sé que hace tiempo que no escribo nada, pero es que soy de los que
piensan que si no tienes nada que decir mejor no decir nada porque a boca
cerrada no entran moscas y las moscas son muy pesadas sobre todo si se te meten
en la boca.
Y después de esta introducción barullera capaz de ofender el
más mísero de los sentidos lingüísticos prosigo a redactar el texto que ahora
usted, mi querido o querida lector o lectora está leyendo en este mísero
momento de su seguramente ajetreada e interesante vida.
Y es que me gustaría compartir con todos ustedes una
reflexión que ocupa mi destartalada cabeza desde hace bastante tiempo pues yo,
amante de la peregrinación entre ideas, degustador de las borrosas verdades;
acostumbro a voltear una y otra vez en mi pensamiento los sucesos que ocurrieron,
ocurren o podrán ocurrir en mi humilde vida.
Mi reflexión comienza en el instituto, cursando yo 1º de
Bachillerato y a unos 16 años que hacían de mí uno de los seres más ingenuos
que alguna vez hayan pisado la tierra. Por otra parte, sin embargo, mi
curiosidad no se ha reducido desde entonces, si no puedo decir que haya
aumentado y por aquellos tiempos era bastante amplia, lo cual me llevaba a
interesarme por infinidad de temas de forma gratuita o por simple placer.
Como amante de la ciencia, en especial de la Física y más
concretamente de la Física Cuántica, siempre he tenido una atracción por la
ciencia ficción y cuanto más leía más me interesaba la Física, en definitiva,
adquiriendo un puñado de conocimientos (no demasiados, apenas sabía un 10% de
lo que hoy sé y sigue siendo poco) de carácter no demasiado común, dejémoslo
ahí.
Volvamos a la historia. El caso es que recuerdo una conversación
en una aburrida clase que tuve con un amigo al que hoy día puedo llegar a
llamar hermano. La conversación original era sobre el coche que se había
comprado alguien o se quería comprar o el nuevo fichaje del Madrid o quien sabe
de qué, en definitiva, temas de los que no puedo presumir de ser precisamente un
catedrático pudiendo afirmar que soy nefasto en ellos todavía hoy, pero más aún
entonces.
Entonces, mi susodicho amigo me señaló una cosa, pintándome
un gráfico en un papel en sucio, me dijo más o menos lo siguiente:
“Miguel, tío, eres más raro… sabes muchas cosas avanzadas,
pero no sabes otras que son muy básicas.”
Y era cierto. A mis 16 años era capaz de explicar la teoría
de la relatividad, lo que ocurre al juntar materia y antimateria y los
componentes de esta última, las naturalezas de las fuerzas en el universo, los
efectos del espacio en el cuerpo humano a largo plazo, y muchas cosas más, pero
sin embargo me faltaban muchas otras cosas, como el hecho de mantener una
simple conversación sobre cualquier tema normal, aprender a interpretar las
intenciones de la gente y muchas otras cosas que cualquier adolescente tímido
debe enfrentar.
El gráfico que me pintó era bastante esclarecedor y aunque
su objetivo era pasar un rato de clase entretenidos, no le faltaba razón. El
gráfico era una especie de columna divida en dos partes. La parte de abajo era
el nivel 1 y la de arriba el nivel 2.
La explicación fue la siguiente:
“El nivel 1 es todo el conocimiento que tienen en general
todas las personas, aquello que se aprende con la vida y relacionándote con la
gente y el nivel 2 el conocimiento académico que se va adquiriendo con el
tiempo. Tú Miguelón vas al revés. Primero has adquirido el nivel 2 y poco a
poco vas cogiendo el nivel 1.”
Esto, señoras y señores me dio mucho que pensar, no sólo
para cambiar mi forma de ser e intentar paliar mis fallos (esto empieza a
parecer un libro de auto ayuda…) sino que me llevo a una reflexión bastante más
superior.
Y es que podríamos llamar al nivel 1 como el conocimiento
que necesitamos día a día, ya sea para tratar con la gente o para tener una
vida sana en todos los sentidos. Este conocimiento es, en definitiva, el que
necesitamos como individuo. Comienza y termina con nosotros, es efímero (aunque
no por ello menos importante) y depende absolutamente del medio en el que
estemos inmersos. Las normas de educación, la cultura, las modas, etc. Todo ello
formaría parte de este nivel.
El nivel 2, en cambio, lo conformaría el conocimiento
académico, aquel conocimiento que se mantendrá con el tiempo y es acumulativo;
un conocimiento que pertenece a la humanidad como colectivo, marca de su pasado
y guía de su futuro.
Esto nos lleva a la siguiente cuestión: ¿Cuál de los dos es
más importante?
La respuesta es sencilla, los dos son necesarios ¿o quizás
no lo son? Sin duda una persona, para vivir necesita obviamente el nivel 1 pero
no va a morir si le falta el nivel 2. Entonces, está claro, el más importante
es el nivel 1. ¿De verdad?
¿Qué ocurriría si dos generaciones seguidas carecieran del
nivel 2, o se conformaran con tener el que les sea necesario para ejercer su
trabajo? Pues, a mi humilde opinión, esas dos generaciones supondrían no sólo
un estanco en cuanto a tecnología y a evolución social sino un retraso
dejándonos en pañales frente al futuro.
Y sin embargo, señoras y señores, vivimos en un mundo donde
manda el garrulismo imponiéndonos la idea de que si un conocimiento no te sirve
para nada productivo es basura mientras llenamos nuestras sufridas mentes con
programas del corazón, partidos de fútbol (que en definitiva viene a ser lo
mismo), política (o peleas de patio de colegio, como lo quiera ver cada uno) y
pseudoconocimientos que nos introducen a la fuerza en informativos y otros
programas (ej: la power balance o como otros lo llamamos, el detector de
idiotas más grande de la historia, fue noticia en los informativos).
En mi opinión esta práctica nos llevará lentamente al
fracaso. Como ya he dicho antes, soy amante de la ciencia ficción y con ella he
aprendido a mirar hacia arriba y considerar los muros sociales, tecnológicos y
económicos como dificultades a superar y no fronteras. Como ejemplo pondré “la vacuna”
como invento, el cual para la gente de la época supuso ver como un loco
infectaba a gente de una enfermedad mortal y decía que así se iban a hacer más
fuertes.
Quiero recordar, aunque me salga un poco de la línea y me
extienda un poco más, que la gran mayoría de los grandes científicos de la
historia fueron considerados locos en su tiempo y muchos sólo ganaron su
reconocimiento postmortem.
“Oh valiente nuevo mundo, que contienes tales criaturas”,
empeñadas en vivir al raso condenando sus mentes a estar encadenadas en la
monotonía y la estanqueidad.
El motivo de este texto es en parte aclarar mi mente y por
otra parte compartir la frustración que siento al vivir en tal mundo como este.
Si a alguien le apetece comentar algo al respecto, le invito a ello, ya sea
aquí en el blog o en Facebook, en twitter o tomando un café, los que me conocen saben que me encanta discutir sobre estas cosas.
Un saludo y gracias por su estimada atención.
Pd:
O, wonder!
How many goodly creatures are there here!
How beauteous mankind is! O brave new
world,
That has such people in't!
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