jueves, 26 de junio de 2014

Relato vacío número 1



Apenas unos minutos antes había salido de aquel bar de mala muerte donde sólo quedan los fracasados como él y estaba lo suficientemente para olvidarse de dónde había dejado aquel carromato con motor a los que algunos llamarían coche. El alcohol sin embargo lo arropaba evitándole pasar el frío de aquella noche de invierno, no pudiendo decir lo mismo de su ya desgastada chaqueta tejana.

Empezó a llover fuertemente, una lluvia fría que para cualquier mortal caería como cuchillas haciéndoles entrar en pánico en busca de un sitio donde resguardarse. Pero él ahora no era como el resto de los mortales. El alcohol le evitaba el frío y silenciaba su sentido común. La lluvia helada terminaba siendo algo más parecido a una caricia.

Comenzó a caminar, lentamente, dejando que la lluvia lo acompañara, conversando con el ruido de las gotas al caer sobre la acera y dejando que le aclarara lentamente las ideas.
Su destino era aquel piso pequeño con una cama y poco más al que a veces se atrevía de llamar su casa y que, a pesar de ser tan pequeño, por las noches se hacía extremadamente grande, vacío, silencioso…

Continuó su solitaria caminata lentamente, intentando retrasar su llegada, la lluvia era mejor acompañante que el vacío de aquel lugar. Mejor debería… mejor debería desviarse, sí, desviarse y sumergirse en las calles en otro momento bulliciosas y ahora abandonadas a su suerte, casi como él.
Iba demasiado sumido en sus penosos e incongruentes pensamientos cuando de repente se encontró tirado en el suelo, con un fuerte dolor de cabeza. Al principio pensó que se había mareado y caído, no era la primera vez. Luego se dio cuenta de que había algo pesado sobre él. Esa cosa era un hombre. Un hombre elegante, la verdad, vestido con un traje oscuro que parecía caro.

Entonces supo que había sido atacado por alguna razón. Si aquel inútil quería dinero lo iba a tener crudo, pues había gastado hasta el último céntimo en el bar, pero él sabía que no, no era dinero lo que quería, sus ojos le decían algo diferente.

Sus ojos estaban extremadamente abiertos y parecía que se le iban a salir. Se podría pensar en un principio que era algún esquizofrénico o enfermo mental, pero no. Su respiración era lenta casi tranquilizadora. Sus ojos no eran de obsesión más de curiosidad. Pero, ¿de curiosidad de qué?
Fue entonces cuando lo notó. El sabor metálico de la punta de la pistola añadido al olor de la pólvora que indicaba que había sido disparada recientemente era curiosamente agradable en aquel momento, parecía que aquello iba a convertirse en breves en su última comida.

Por alguna razón se sentía decepcionado. Pensaba que en el momento antes de su muerte, por el instinto de supervivencia encontraría su última razón por la que vivir, un chute de adrenalina que lo hiciera levantarse e intentar huir, pero no.

Puede que fuera el alcohol, o el golpe en la cabeza que hacía que le palpitara demasiado fuerte pero sintió que no debía irse de ahí. En aquel momento podría afirmar que no había lugar más tranquilo en el mundo. El olor de la muerte le daba al mundo el toque de cordura que nunca logró encontrar en toda su vida y el tipo que se encontraba encima de él con sus ojos horriblemente desorbitados se convertía prácticamente en un amigo de la infancia.

Y así tirado en el suelo mojado de lluvia y probablemente de sangre del golpe de su cabeza, comenzó a reír tranquilamente, como aquél que ríe embriagado por la cálida felicidad de una alegre rutina familiar. 

La expresión del tipo de arriba no cambió, pero algo sí había cambiado en él, pues lentamente sacó la pistola de su boca, se levantó y se fue, abandonándolo a su suerte.

Parece que aquella noche, el asfalto mojado sería su colchón y la lluvia sus sábanas. Pensó que era una lástima tener que levantarse al día siguiente para seguir perdido cuando había llegado a atisbar tan claramente la salida.

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